La música siempre ha estado con nosotros. No se sabe su origen preciso, pero en restos arqueológicos del centro de Alemania se han descubierto flautas con varios agujeros que datan de hace 40 mil años.
Con la música expresamos nuestros sentimientos, cantamos, bailamos, celebramos tristes rituales. Nos acompaña desde que nacemos, con las canciones de cuna que nuestras madres nos regalaron.
Es un arte. Un lenguaje universal presente en todas las culturas desde los orígenes de la humanidad, pero también es mucho más.
Ser un oyente habitual de música, en cualquier circunstancia, te trae beneficios en el ámbito cerebral, social y del comportamiento.
La ciencia nos enseñado que la música puede hacernos más felices, porque desata la producción de dopamina en el cerebro, “la hormona de la felicidad", la cual tiene importantes repercusiones en nuestra salud. La dopamina está vinculada a nuestra capacidad de motivarnos, mejorando con ello los niveles de aprendizaje y memoria.
Por ejemplo, la enfermedad de Parkinson se debe a un déficit de dopamina; la esquizofrenia, a una mala tolerancia a este neurotransmisor.
Una investigación de 2009 demostró que escuchar música reduce la frecuencia cardíaca, la presión sanguínea y la ansiedad en enfermos del corazón. Y otro estudio de 2013 convino que escuchar música clásica ayudó a mejorar la visión de pacientes que habían sufrido un derrame cerebral que redujo su campo visual.
Incluso esa inyección de dopamina que nos da la música es un estímulo directo como reductor del dolor, ya sea real o percibido. En este sentido, también en 2013 una investigación con 60 pacientes de fibromialgia comprobó cómo se redujeron sus niveles de percepción del dolor y de síntomas depresivos, tras haberse sometido a un tratamiento de escucha activa de música durante cuatro días a la semana.
La concertista dominicana Aysha Syed ha vivido en carne propia las virtudes relacionadas a este arte milenario. En un reciente Popular Talks, titulado “La música, el lenguaje universal", esta internacionalmente destacada violinista clásica narra cómo a través de la música ha conocido emociones y ha manejado crisis. Además, ha crecido de manera integral como personas.
¿Cómo podemos ponerle música a nuestras emociones? Sigamos estos sencillos pasos.
1-Escucha música de meditación para armonizar tus sentidos. Si necesitas concentrarte pon música de concentración. Este tipo de música puede ayudarte a establecer una mejor conexión entre tu cuerpo y tu mente.
2- Oír música triste, ¿nos hace sentir bien? Curiosamente sí, porque estimula una especie de catarsis, a través de la cual se generan emociones intensas. Escuchar música triste cuando estás en ese estado de ánimo puede hacer que te sientas mejor. Canaliza tu estado de ánimo, mezclando sentimientos de tristeza y de felicidad, y te ayuda a superar ese pensamiento negativo que se ha cruzado en tu cabeza.
3- ¿Mucho estrés? La receta es una canción feliz. Las canciones cargadas de ritmo acelerado nos generan una sensación de energía y esto combinado con la incertidumbre y sorpresa en las composiciones musicales, nos resulta bastante placentero y te permiten combatir un pico de estrés que puede afectar a tu cerebro.
Igualmente, si la ansiedad o el estrés no te dejan conciliar el sueño, una buena solución es “desconectar" el cerebro mientras escuchas una relajante música de fondo. Tu calidad del sueño puede verse mejorada.
4.- Ejercicio y música, una buena combinación. Está demostrado que los que practican algún ejercicio se sienten más motivados al hacerlo con música. Y esto incide en el plano fisiológico, ya que hay estudios que han medido el nivel de consumo de oxígeno de personas que se ejercitan con bicicletas estáticas y varían los ritmos musicales durante su entrenamiento: mientras más rápido y dinámico el ritmo de la música, mayor sincronización con el movimiento corporal, al tiempo que se produce un consumo más eficiente de oxígeno.
5- Aprende un instrumento musical. El cerebro es plástico. Bueno, no plástico como el que se utiliza en los recipientes, sino neuroplástico por la capacidad de moldearse y readaptarse a los estímulos. Aprender a tocar un instrumento es como practicar ejercicio físico, pero con el cerebro. Mejora tus habilidades visuales y verbales, así como tu memoria. Además, te aportará energías, liberará estrés y te hará más disciplinado, ya que practicar regularmente, impulsa la constancia y el enfoque. Estas son habilidades que podemos transferir a cualquier otra actividad de nuestra vida. Además, saber tocar un instrumento también nos ayuda a mejorar nuestra coordinación y la memoria.
En el caso de niños o adolescentes que reciben clases musicales extracurriculares, los científicos han comprobado que son personas con mayores habilidades sociales y un nivel de satisfacción vital más alto, que tiene repercusiones muy positivas en sus estudios escolares.
Especialmente, en niños pequeños de hasta cinco años, complementar su formación con música como elemento lúdico tiende a apoyar su desarrollo académico del momento y posteriormente.
Dicho todo esto, la recomendación es escuchar mucha música, a todas horas, la que te apetezca en cada momento, para energizarte, para relajarte, para hacer catarsis y, sobre todo, para ser una persona más saludable.