¿Te sientes en un estado de frustración porque cada día tienes que lidiar con más
episodios de rabietas e ira de tus hijos y notas que la situación se está saliendo de control? Empieza por reconocer que no podemos
tener control sobre las emociones de los demás. Ni siquiera las de tus hijos y, en ocasiones, tampoco sobre tus propias emociones.
La ira es una emoción que lleva a que los niños sientan rabia, furia, enfado y que pueden expresar de manera interna o externa: los latidos de su corazón se aceleran y aumenta su presión sanguínea. Externamente pueden apretar los puños, tensar los músculos, gritar, patalear, insultar, tirarse al suelo o romper cosas.
Lo importante es saber que para los niños
no es fácil manejar los ataques de ira, porque no tienen las habilidades suficientes para autocontrolarse.
El cerebro de un menor es aún inmaduro hasta los 10 u 11 años, en que inician su largo viaje hacia la adultez. Hasta ese momento,
no desarrollan totalmente la corteza prefrontal, un área cerebral de gran importancia a la hora de explicar el control conductual, la personalidad e incluso las capacidades cognitivas.
Hay que entender que esta es la región cerebral que más tiempo tarda en desarrollarse. Puede concluir su proceso cuando el individuo alcanza entre los 20 y los 25 años, edad en la que
la conducta, personalidad y control emocional de la persona ya están definidos por completo.
Por eso, no nos podemos extrañar que, cuando los niños no consiguen lo que quieren, es normal que se enojen. Investiga bien, porque muchas veces no es ira lo que sienten, sino que hay debajo una necesidad de expresar algo más.
Esta emoción del enojo es la que les da fuerza para pedir lo que necesitan y mantenerse firmes cuando no desean hacer algo a lo que se les está obligando.
Si vemos la ira desde el lado positivo, les podemos enseñar a protegerse a sí mismos identificándola como una emoción que les puede librar de la maldad, el abuso y el irrespeto de los demás.
Para
manejar de manera adecuada las expresiones emocionales primero tenemos que reconocerlas, aceptarlas y luego aprender a canalizarlas. Tus hijos pequeños dependen de ti para aprender todo esto. Puedes ayudarles a identificar sus emociones, a ponerles nombre y a reconocerlas como válidas.
¿Cómo puedes enseñarles a manejar su ira?
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Mantén la calma. Los padres tienen que ser un ejemplo para sus hijos. Si pierdes el control y estallas en un estado de ira provocado por la propia ira de tu hijo, lo más probable es que la suya aumente en lugar de reprimirse. El conflicto se autoalimenta.
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Usa palabras firmes en un tono de voz calmado para reiterarle lo que debe hacer en el momento que se lo ordenas. Pueden ser situaciones donde su seguridad y salud es una prioridad y no puedes ser flexible, como el uso de mascarillas en lugares públicos, mantenerse sentado en su silla del automóvil mientras está dentro del vehículo, esperar la ayuda de un adulto para cruzar una avenida, entre otras.
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Hablen sobre las emociones. Enseña a tus hijos que las emociones tienen nombre y nos hacen sentir de una manera particular. No esperes a los momentos de tensión para hablar sobre las emociones.
Utiliza la lectura de cuentos e historias para hablar de este tema tan importante en la vida y las interacciones sociales tanto de niños como de adultos. Oriéntalo para que
exprese sus emociones a través de la música.
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Dale su espacio. Identifica junto a ellos un lugar seguro en la casa donde pueda refugiarse cuando se sienta vulnerable y necesite retomar el control de sus expresiones.
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Conversa en el momento oportuno. Evita dar lecciones en medio del calor de un episodio concreto de ira. El cerebro del niño no está integrando nuevos conceptos o ideas mientras está enojado. Está en un modo más básico y de supervivencia. Si esperas a que esté calmado, pueden conversar y entender mejor qué le molesta, explicarle qué ocurrió y cómo puede reaccionar si se ve en una situación similar en el futuro. Así podrán llegar juntos a encontrar soluciones que eviten esas rabietas y manifestaciones exorbitantes de enojo.
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Dales una salida. Siempre que sea posible, ofréceles una manera de canalizar su ira. Puede ser un paseo al aire libre, correr, saltar, escuchar música,
dibujar, colorear, bailar o hacer rompecabezas. Estas son actividades que enfocarán su atención lejos del problema que detonó la ira y les permitirá recobrar la calma.
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Reafirma tu amor. Hazle saber a tu pequeño que no hay emoción que pueda dañar o aminorar tu amor por él. Las emociones son pasajeras pero tu amor, admiración y cuidado son elementos seguros e invariables.
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Fomenta la empatía. Ayúdales a comprender a otras personas, a ponerse en el lugar del prójimo. De esta manera, podrán aprender que algunos comportamientos de otras personas, aunque les afecten, no necesariamente fueron para hacerle daño premeditado, sino que los demás también tienen sus preferencias y deseos propios y debemos respetarlos, manteniendo nuestros límites.
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Usen la técnica del semáforo de emociones. Enseñándole cómo funciona un semáforo, puedes hacer tres tarjetas de cartulina: una de color rojo, una amarilla o naranja y otra verde. Cada una tendrá un significado particular que puedes repasar con tu hijo para cuando esté en situaciones en las que podría perder el control: en cada una, le mostrarás la tarjeta que le oriente qué debe hacer. Estos son sus significados:
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Verde: si el niño lo está haciendo bien y quieres que exprese cómo se siente, le muestras la tarjeta verde como un refuerzo positivo.
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Amarilla: cuando el niño tiene que analizar lo que está pasando, porque es posible que su comportamiento se derive en una situación descontrolada, entonces debes mostrarle la tarjeta amarilla. Es un llamado a detenerse y reflexionar.
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Roja: Cuando el niño tenga una reacción descontrolada o un ataque de ira, le mostrarás la tarjeta roja, así entenderá que no se está controlando y debe recurrir a las salidas que hayan acordado previamente.
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Pide perdón. Si has estallado en ira y gritos, cuando reflexiones y te des cuenta que pudiste hacerlo mejor o que has herido sus sentimientos, acércate, reconoce tu error y pide perdón. Esa actitud muestra a tu pequeño que todos podemos cometer errores, no somos perfectos, pero que mantener una relación sana es más importante que tener la razón. Es una lección de humildad.
En definitiva, comprende su estado emocional, respeta sus sentimientos y ayúdales a expresarlos de forma serena.
Como todo lo que debemos enseñarle a los hijos, esto toma tiempo, determinación, prueba y error. No hay salidas rápidas. Vive un día a la vez y sé consistente con las técnicas y rutinas que quieres implementar para ver cambios a largo plazo.
Asume este camino de la crianza como una ruta de vida llena de retos y satisfacciones.